FRANCISCO ARIZA

LA OBRA DE FEDERICO GONZALEZ
Simbolismo - Literatura - Metafísica

 

Fig. 67. Hermes Trismegisto
J. J. Boissard, De divinatione et magicis praestigis, 1615

 

Capítulo IX

EL HERMETISMO Y LA MASONERIA [451]

 

Pocos meses después de publicarse Esoterismo Siglo XXI, aparece la que va a ser la séptima obra de nuestro autor: Hermetismo y Masonería[452], centrada efectivamente en la explicación de lo que constituye la doctrina, la historia (mítica y temporal) y la actualidad del Hermetismo, tradición a la que pertenece la Masonería, prototipo de sociedad iniciática y estructurada en torno al simbolismo constructivo como imagen de la Cosmogonía Perenne. De hecho, los dos primeros capítulos están dedicados respectivamente al Hermetismo y a la Masonería, mientras que el tercero trata de un tema que como su propio nombre indica: «Apuntes sobre Hermetismo y Ciencia», está vinculado directamente a la influencia de las ideas herméticas en el desarrollo de la Ciencia experimental, centrándose sobre todo en el Renacimiento, época clave en la historia de esas ideas. El cuarto capítulo menciona a «La Iniciación Masónica y Hermética en la Obra de René Guénon», en la que se destaca a este autor como un hermetista de nuestro tiempo que ha resaltado en su importante obra que:

En Occidente la Tradición Hermética y la Masonería son «per se» las organizaciones iniciáticas transmisoras de la influencia espiritual, a la que el Aprendiz o Neófito se afilia de modo natural puesto que es ella misma la que se revela en él, y constituye un organismo vivo con un dios mensajero igualmente vivo, Hermes (Hiram), a lo que se agrega el ámbito de su iglesia secreta, jalonado en todos los tiempos y lugares por las más importantes inteligencias, cristalizadas posteriormente en los cuerpos y luminarias que pueblan el firmamento organizado permanentemente por el Gran Arquitecto del Universo. No se trata de una inscripción burocrática a una institución que como dice también Guénon en su prólogo al libro antes mencionado [Aperçus sur L’Initiation], imite las formas profanas del mundo moderno, sino de un compromiso interior consigo mismo, y con los vehículos que fueron símbolos de la revelación.

Tenemos asimismo la Conclusión, donde se nos habla de la «Actualidad del Hermetismo y la Masonería», actualidad que, sin ir más lejos, está corroborada por la propia obra de nuestro autor, acrisolada por la experiencia de su tema de estudio y de investigación: el Símbolo, intermediario entre el ser humano y su Origen increado, y cuya vivificación es imprescindible para que revele su contenido sapiencial. Y esa posibilidad de revivificar el Símbolo, en Occidente y con las imágenes culturales que hemos recibido los que pertenecemos a su ámbito de influencia, puede surgir en quienes son precisamente los destinatarios de este libro, Hermetismo y Masonería, es decir, a todos aquellos que han sido receptores de la voz del Noûs en su alma,

a los Adeptos de la Tradición Hermética y a los Aprendices masones, así como a todos aquellos que aún buscan, destacando expresamente a los símbolos y al rito como los vehículos necesarios, al igual que el estudio de los libros que tratan sobre ellos. (…)

Esa posibilidad está permanentemente abierta a los Adeptos de la Tradición Hermética y a los integrantes de los talleres masónicos que trabajan su regeneración en relación con las coordenadas espacio-temporales, es decir con la encarnación psíquica e intelectual de los símbolos de la cosmogonía, de las Ideas que conforman el Arquetipo o Modelo Universal, lo que es idéntico a una verdadera espiritualidad. (Conclusión).

Al final de la obra tenemos cuatro Apéndices, el primero de los cuales es la traducción (realizada en colaboración con José Manuel Río) de los XI primeros capítulos del Poimandrés, destacándose igualmente los comentarios a pie de página, muchos de ellos de indudable contenido doctrinal que ayudan a la comprensión de este texto crucial de la doctrina Hermética, el que junto con el Asclepio y los Extractos de Estobeo, conforman el Corpus Hermeticum, donde se concentra el legado sapiencial de esta Tradición elaborado durante el período alejandrino. El segundo Apéndice lleva por título «La Escuela de Pitágoras y la Academia de Platón: Genealogía». El tercero «Biblioteca Colombina» y el cuarto «Algunas obras alquímicas». De todos ellos haremos referencia a lo largo de este capítulo.

La Tradición de Hermes Trismegisto

Hermetismo y Masonería es un libro importante en la bibliografía de nuestro autor y también lo es en lo que respecta al panorama esotérico y hermético de hoy día, pues aunque exista una enorme bibliografía al respecto, ciertamente pocas obras como esta arrojan tanta luz sobre lo que es y significa la Tradición Hermética, donadora de la auténtica Medicina que nos sana de la ignorancia si somos verdaderamente capaces de entregarlo todo, empezando por nuestros temores y pequeñas «seguridades», invocando la fuerza y la impetuosidad del espíritu, del azufre alquímico, de su energía fecundadora, pues el Dios Hermes, el «Tres Veces Grande» (Trismegisto) por su Sabiduría es

el éter en el corazón de aquellos que osaron el cruce de las grandes aguas, y no puede albergarse en corazones pequeños, o mezquinos (…) Por ello no siempre es fácil para todos conseguir una filiación con esta Tradición (…) ni la realización en esa vía, que no se expresa de manera religiosa o sentimental-devocional, que no posee ortodoxias teologales estrictas, sino la vivencia de su doctrina por medio del Conocimiento, lo que obliga constantemente al Aprendiz a constatar lo que sucede en el itinerario de su propio camino, en su ser interno, es decir en su Iniciación, sin el consuelo que le suelen brindar determinadas creencias relativas al aparato religioso, a las que sin embargo puede observar desde otro nivel simbólico, depurándolas, es decir, en términos alquímicos «rectificándolas». Por eso es que se la ha denominado una Tradición a la intemperie y puede ser considerada poco apta para ciertos espíritus timoratos que no arriesgan y por lo tanto no pueden luego callar o dejar de quejarse por sus vicisitudes, en vez de proseguir su camino, presidido por el silencio hermético.

Estas palabras forman parte de la Introducción y en cierto modo nos están sugiriendo cuál ha de ser la predisposición de espíritu, y de ánimo, con que debemos acudir a la Enseñanza Hermética y nutrirnos de su Doctrina, de sus Símbolos, de su Arte Regia, palabra que sin duda hace alusión al origen noble de ese Arte, pero también, y fundamentalmente, al hecho de que gracias a él podemos llevar a cabo, con mucha concentración y serenidad, la «realización» de nuestro proceso de Conocimiento, bajo la guía y el amparo de Hermes, Dios verdaderamente Universal capaz de llevarnos, como dice Federico en la misma Introducción, por los planos más altos de la Cosmogonía y la Ontología, auténticos soportes de la Metafísica.

Pues bien, esa Enseñanza y Doctrina, en esta Tradición, ha tenido como medio de expresión muy importante la escritura, como fijación de la palabra y la transmisión oral, y en este sentido no debemos olvidar que precisamente Hermes es el inventor de la escritura y el Dios de la palabra, las que dona a los hombres como instrumentos de civilización y cultura, así se llame esta deidad Hermes entre los griegos (o Hermes Trismegisto entre los filósofos grecoegipcios alejandrinos), Thot entre los antiguos egipcios, Mercurio entre los romanos, Quetzalcoátl, Kukulkán o Viracocha entre las culturas precolombinas, Wotan en las nórdicas, etc.

No es de extrañar entonces que el primer capítulo de esta obra lleve precisamente por título «Los Libros Herméticos», y en él, nuestro autor (basándose en una amplísima documentación y haciendo gala de una gran erudición puesta al servicio de la Enseñanza) tiene la oportunidad, a través de la impresionante genealogía espiritual-intelectual de los autores herméticos habidos desde la Antigüedad Clásica hasta el siglo XVIII, pasando por el período Alejandrino, la Edad Media y el fecundo Renacimiento, de dejar constancia de cómo esos libros son en efecto transmisores directos de conocimientos que dan testimonio de la presencia a lo largo del tiempo y hasta nuestros días de un saber auténticamente transformador,

ya que tomando conciencia de nosotros mismos conocemos también nuestro ser en el mundo, es decir los secretos de la cosmogonía en virtud de las leyes de la analogía que establecen las correspondencias entre macro y microcosmos. (Ibíd.).

Por ello esos libros tienen todos un carácter sapiencial, es decir que recogen las emanaciones de la Sabiduría Hermética (que sus autores experimentaron primero en sí mismos, transformando sus vidas) propagándolas a sus semejantes y constituyendo las ideas-fuerza que crearán las condiciones necesarias para la continuidad de la civilización y la cultura en Occidente, adaptando lo que fuera necesario adaptar a las condiciones de tiempo y de lugar, pues esa sapiencia congenia perfectamente con el intelecto práctico, ya que Hermes, recordémoslo nuevamente, tiene poder sobre los tres mundos (el corporal, el psicológico y el espiritual), y su linaje terrestre, los integrantes de la «cadena áurea», reconocen lo universal en lo particular, y lo particular en lo universal, de tal manera que la Cosmogonía Arquetípica se convierte en el modelo en el que se inspiran las leyes y principios que rigen la acción del hermetista, el mago y el teúrgo, en el mundo: ya sea a través de la Ciencia, el Arte, la Filosofía e incluso la Política, palabra que quiere decir «el gobierno de la ciudad», el cual en las sociedades tradicionales se cumplía siempre en perfecta armonía con las leyes del cosmos.

El hombre es pues un mediador, no sólo en su función central sino también como un pequeño demiurgo en una creación que ha existido siempre y que se encuentra permanentemente inacabada, viva, en constante metamorfosis y que él puede transformar ya que aparece como el punto o la unidad donde convergen todas las energías creacionales, coronando y dando sentido al plan divino al reconocer los contactos que revelan las analogías, pues el mundo sensible se refleja en el inteligible como el inteligible en el sensible. Todo ello gracias a una red donde el Amor es el protagonista y el matrimonio (Hieros Gamos) entre el Cielo y la Tierra una cópula perpetua. Lo que es equivalente en otro simbolismo a una cadena de iniciados (el Hilo de Oro) que se transmite del Noûs [Inteligencia o Mente divina] a Poimandrés, de éste a Hermes, de Hermes a Tat y de éste a todos los Adeptos y teúrgos de la tradición Hermética. De allí que el Corpus Hermeticum constituya una revelación y que la sola comprensión de sus enunciados conforme una Gnosis, dado que somos la materia de lo que conocemos y el Verbo Primordial se manifiesta en lo humano posibilitando el surgimiento del hombre pneumático, paradigma del iniciado, que sabe leer los signos de la naturaleza y los símbolos cambiantes de su aventura cósmica, adecuándose a las circunstancias de su viaje, que asimila al Conocimiento, y que el texto del Corpus Hermeticum transmite. (Capítulo I).

Esa referencia al hombre como un mediador o demiurgo hay que entenderla en el sentido de tomarlo como un colaborador consciente del Noûs-Dios, o Gran Arquitecto del Universo, y es así como lo hace nuestro autor cuando un poco más adelante, hablando de la pintura, escultura y arquitectura renacentista, de sus representaciones teatrales, de sus danzas y funciones musicales, en definitiva de su arte en general, afirma que todo ello permitía

el libre juego de la inteligencia, el conocimiento y la acción, expresados a través del Arte de Ser y Vivir como hijos y herederos del Dios cósmico, el que a su vez nos da la posibilidad de ser demiurgos en nuestro plano y ensamblar a nuestra vez una creación propia, un espacio y un entorno sacralizado a Imagen y Semejanza del Original que es su Arquetipo.

Y esta idea de la obra del hombre como un reflejo del Arquetipo Divino, es considerada fundamental por cuanto que esa es una potestad que tiene precisamente el ser humano como mediador entre los mundos de arriba y los de abajo, y cuyo desarrollo en el tiempo ha dado lugar precisamente a la idea y plasmación del hecho civilizador y cultural; y es más: mediante el pleno reconocimiento de esa potestad, de esa cualidad intrínseca a su naturaleza original, el hombre toma finalmente conciencia de su ser más profundo por la identificación no ya con el Dios cósmico, o Noûs-Demiurgo, sino con el Uno-Solo, con el Noûs-Dios, Arquetipo del hombre, pasando éste, gracias a esa identificación y por tanto a una transformación total de su naturaleza, de una función solar a otra polar, deviniendo en suma un gnóstico, un ser nacido del Espíritu (pneumático), es decir un hombre de Conocimiento, un teúrgo, cuya obra, su hacer en el mundo en y para sus semejantes, es justamente el soporte permanente de su transmutación, tal y como Federico ha dejado dicho y escrito en distintos lugares de su obra. Esto es lo que en el Corpus Hermeticum se denomina el nacimiento del Anthropos hermético, o del Hombre Universal según otra definición tradicional, y que en la Cábala es llamado Adam Kadmon, identificado con Atsiluth, el plano más alto del Arbol de la Vida, o bien con el conjunto de todos los planos de éste.

A propósito de esto último debemos decir que existen claras correspondencias entre la enseñanza cosmogónica y metafísica del Arbol de la Vida (eje vertebrador del proceso de Conocimiento en la vía hermética contemporánea) y las enseñanzas contenidas en los «libros sagrados de Hermes», llamados los Hermética, dentro de los cuales destaca el Corpus Hermeticum, compuesto como hemos señalado anteriormente por los libros de Poimandrés, el Asclepio y los Extractos de Estobeo. Y no es por casualidad que sea en este capítulo sobre los libros herméticos donde su autor destine varias páginas a describir el núcleo central de esas correspondencias, y precisamente lo hace cuando aborda el Renacimiento, período de esplendor donde cristalizan las distintas corrientes de la Tradición Occidental, concretamente las que provenían del Hermetismo (Corpus Hermeticum, Astronomía, Astrología, Alquimia, Magia Natural, Teúrgia, y en general todas las artes y ciencias de la naturaleza) y de las enseñanzas pitagórica, platónica, neoplatónica, cabalista y cristiana, siendo todo ello posible gracias a la ingente labor de los sabios y hombres de Conocimiento de ese tiempo, al que gestaron e impulsaron con la fuerza emanada de su influencia intelectual: Nicolás de Cusa, Marsilio Ficino, Pico de la Mirandola, Egidio de Viterbo, Juan Reuchlin, Cornelio Agrippa, Guillermo Postel, Francisco Zorzi (o Giorgi), y un largo etc., en cuyas enseñanzas resuenan las voces de sus lejanos antepasados grecolatinos, alejandrinos, atenienses, bizantinos y los más cercanos medievales, una genealogía de los cuales aparece precisamente en el Apéndice dedicado a «La Escuela de Pitágoras y la Academia de Platón: Genealogía».

Todo ese conjunto de enseñanzas vertidas en el modelo del Arbol de la Vida Sefirótico forma parte constitutiva de la didáctica que sobre el mismo tema encontramos en otras partes de su obra, sobre todo y de manera evidente en La Rueda, El Tarot de los Cabalistas, Simbolismo y Arte, Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha, y obviamente en sus dos libros sobre la Cábala: Presencia Viva de la Cábala y Presencia Viva de la Cábala II. La Cábala Cristiana. Y desde luego que esto tiene relación con lo que decíamos al principio acerca de la labor que ejerce dicha obra en la continuidad de la Cosmogonía Hermética en nuestro tiempo, pues la influencia espiritual y el poder regenerativo de la Enseñanza emanada de Hermes (o de sus equivalentes Elías Artista o Henoch)

está tan intacta hoy como cuando fue revelada, en el comienzo del tiempo, por lo que esta energía-fuerza puede ser encontrada por aquel que la busque, pues es perenne, siempre presente y se muestra a los que la solicitan mediante duros y exigentísimos trabajos y pruebas iniciáticas que siempre se sufren y se reconocen en la soledad.

Como se dice casi al final de este capítulo I los libros herméticos son auténticos tesoros de sabiduría y testimonios de la Filosofía Perenne, y por ello mismo nunca perderán actualidad

por la índole Universal de su temario y la vigencia que le transmiten una minoría de seguidores que, hoy como ayer atienden a sus trabajos, pese a la cada vez más densa atmósfera que les ha tocado respirar. Como hemos podido observar la transmisión mediante el libro juega un papel fundamental en la Tradición Hermética, al punto de que Hermes, el escriba de los dioses o el dios escritor es quien la patrocina. Y si bien han existido y existen pequeñas organizaciones basadas en el Hermetismo, generalmente nucleadas alrededor de escritores y grupos ligados a su forma de ver los Principios de esta Tradición, expuesta en los textos antes citados, la Revelación (Realización) Hermética se da en lo individual, en cada uno de los Adeptos en los que se revela el Noûs, por cualquier motivo que fuese. Se trata por lo tanto del influjo espiritual de Hermes, o del pensamiento Hermético, lo que equivale a recibir su legado y afiliarse a él, pues mediante su vehiculación ligamos con aquello que se busca, ya que conocer es ser. Son los libros por ello fundamentalmente los iniciadores en la Tradición Hermética (si no ¿para quién hubieran sido escritos?) y muchos nos narran directamente la Revelación de Hermes Trismegisto, o sea la Revelación Hermética; las enseñanzas no son necesariamente orales, como en las Tradiciones Orientales, ni hay ashrams o tarîqas. Ni siquiera hay una religión, ni normas, ni dogmas, ni compromisos especiales, salvo con el Conocimiento. Por lo tanto no hay templos (salvo la excepción del caso de la Masonería), ni imágenes, es a cielo descubierto (…) y en esto, como en otras cosas, hay correspondencias con el Taoísmo (…); pero al mismo tiempo cuando se observa la calidad de los autores y personalidades que han contribuido a ella, la naturaleza luminosa de sus textos, la profundidad y belleza de sus símbolos, etc., no puede uno dejar de asombrarse y de reconocer en ella una vinculación directa con el Origen, con la Tradición Primordial, por intermedio de la Cosmogonía Perenne, el Plano Intermediario y las Ciencias de la Naturaleza.

Es indudable también que en la Tradición Hermética el soporte que representan los grabados es sumamente importante, y hasta podríamos decir que es una forma de la Enseñanza consubstancial a ella, puesto que, y como afirma asimismo nuestro autor, el libro constituye un vehículo de la transmisión iniciática, y los grabados simbólicos contribuyen decisivamente a ello por su gran poder de síntesis, de lo cual da claro ejemplo sin ir más lejos el propio Tarot, o «Libro de Thot», amén de los miles y miles de libros alquímicos, astrológicos, de filosofía y magia natural, etc., aparecidos a lo largo de los siglos. En este sentido el contenido de los doce grabados herméticos y cabalísticos (y también masónicos) que aparecen al final de este primer capítulo, y el orden de su secuencia, tiene que ver precisamente con lo que estamos diciendo, y si se contemplan con atención advertiremos que siguen el hilo histórico del discurso escrito, siendo, además, una especie de resumen visual de todo él.

Y ya que mencionamos esto, querríamos añadir que en casi todos los libros de nuestro autor (y también en la revista Symbolos, como saben sus lectores) encontramos la presencia del grabado simbólico ilustrando el texto, y también como un componente mismo del libro, es decir formando parte de su contenido. Esto es especialmente notorio en su obra sobre Las Utopías Renacentistas. Las imágenes simbólicas, están, en este sentido, estrechamente ligadas con el Arte de la Memoria, ampliamente desarrollado por los maestros herméticos del Renacimiento, aplicándolo como una forma de la «reminiscencia» platónica y a «su posibilidad de encadenar con otros planos de la existencia Universal».

Adenda. Ideas sobre la Ontología y el Ser

Queremos traer aquí algunas citas extraídas del capítulo I y del Apéndice I sobre cuestiones que si bien hemos tratado en las páginas anteriores, merecen una mayor ampliación pues constituyen puntos clave de la Doctrina Hermética (tal cual se expresa en el Corpus Hermeticum), y por tanto de la Cosmogonía, y de su instancia más alta: la Ontología, es decir el conocimiento del Ser.

«La tríada Dios-Cosmos-Hombre, debe también verse en el diagrama sephirótico del Arbol de la Vida, modelo del Universo de la Cábala hebrea, como correspondiéndose respectivamente con los mundos de Atsiluth, de Beriyah y Yetsirah: el mundo intermediario (dividido a su vez en psiqué superior e inferior) que contiene a los sephiroth «de construcción» cósmica, también llamado Adam Protoplastos (y a los 7 dioses planetarios que les corresponden) y finalmente con Asiyah, mundo creado impermanente, sensible y material, permanentemente vivo, conformado por la tierra y el hombre. Todo el diagrama cósmico del Arbol de la Vida cabalístico, es decir el descenso y ascenso por medio de las esferas, puede transponerse al ser humano en virtud de la correspondencia macrocosmos-microcosmos; en ese caso todos los mundos estarían igualmente contenidos en el Hombre Universal (del que el hombre creado es una imagen), el Anthropos hermético, u Hombre Arquetípico llamado en la Cábala Adam Kadmon que, o bien se corresponde con las tres primeras sephirot, el Macroposopos, o bien con la totalidad de las diez Numeraciones (Macroposopos y Microposopos), o sea el conjunto del cosmos en sus tres (o cuatro) niveles. En la cábala luriánica se llamaba Adam Belliya’ al hombre «material», al individuo hylico o somático, designado así de una manera un tanto despectiva como correspondiente al plano de Asiyah, es decir al hombre «corriente» que no ha recibido en sí los ophanim, o chispas divinas imprescindibles para la aparición del Hombre Nuevo, embrión del Hombre Verdadero. (…)

También pueden asociarse los planos o mundos cabalísticos con los elementos arquetípicos, increados, que en virtud de la «caída» van sufriendo un proceso de densificación, fijación, cristalización y opacamiento, relacionándose el plano de Atsiluth (Emanaciones) con el fuego, el de Beriyah (creación) con el aire, Yetsirah (formación) con el agua, y Asiyah (obra) con la tierra. Nótese que según el Corpus el hombre terreno nace de agua y tierra con la asistencia del aire (aliento) y el fuego, presididos por el éter, principio supracósmico, imagen del Ain-soph cabalístico.» (Capítulo I. Nota 57).

«El Dios Absoluto, el Dios más alto, no se involucra en la Creación, y permanece totalmente ajeno a ella en su indiferenciación. Sin embargo, crea una entidad, el Demiurgo, hijo suyo, conformado a su imagen y semejanza que será el Gran Constructor y Artesano del Universo –mientras él es el Arquitecto, o sea aquél que concibió en su mente (Divina) el Plan de la manifestación total– sujeto por lo tanto a la dualidad, dinámica del Cosmos. En la cábala hebrea Adam Kadmon es el Gran Arquitecto del Universo, Noûs-Dios o Dios Absoluto, y Adam Protoplastos el Demiurgo, segundo Dios o Dios cósmico. En Asclepio 29 Hermes dice a Asclepio que ‘es al sol que gobierna todas la cosas y esparce su luz sobre todos los vivientes de la tierra a quien debe tener por el segundo Dios’. Efectivamente el simbolismo solar es para nuestro plano el reflejo del símbolo polar de lo invisible e inaparente.» (Apéndice I, nota 227).

«En efecto la idea de una segunda persona [el Noûs-Demiurgo] en la divinidad que es por otra parte la que crea al mundo, parecería contradecirse con el monoteísmo, si nos atuviéramos a una interpretación literal en que ni siquiera las religiones han caído (recuérdese el dogma de la Santísima Trinidad), es decir, si pensamos que hay un segundo Dios (o sea, que este no es Uno), al que, en nuestra ignorancia, aún podemos valorar más que al Primero y Único, dada su actividad creadora, ya que los contemporáneos solemos apreciar más a Marta que a María, a la acción más que a la contemplación. Pero no son dos dioses (o tres entidades distintas con la aparición del hombre), sino un solo Ser (que aún por encima tiene el No-Ser, el Ain-Soph, de la cábala) que emanando las intimidades de sí mismo va dando forma al Universo y al hombre comenzando por las Ideas Arquetípicas Increadas, es decir por su mente divina que concibe el plan del mundo y su arquitectura, prosiguiendo con la creación del Universo ejecutada por el artesano divino, forma del Noûs-Dios llamada ahora Noûs-Demiurgo. A todos los efectos debe considerarse que esta última entidad es sexuada por haberse fragmentado la unidad primigenia en dos partes, lo que la hace por sobre todo de naturaleza dual, y por tanto sujeta al devenir de lo bueno-malo (algunas gnosis hacen un paredro con Demiurgo-Sofía, o les otorgan la misma hipóstasis segunda en sus aspectos macho y hembra) ya que, en efecto, todo lo que está vivo por eso mismo está condenado a la corrupción y la muerte.» (Capítulo I).

«El Corpus se refiere a aquéllos [hombres devenidos inmortales por el Conocimiento] que están más allá del Logos o Ser, y por lo tanto vinculados con las potencias divinas e incluso con el No-Ser, del cual el Uno y Solo es afirmación, en cuanto la ontología, es decir el Ser, es la vía de acceso a la metafísica, o No Ser. La cosmogonía a su vez se identifica con la ontología en cuanto constituye el ser del mundo.» (Apéndice I, nota 218).

«Noûs = Intelecto. Así se halla traducido el griego Noûs, que es necesario escribir con mayúscula, pues se refiere al Intelecto Divino, o a la Inteligencia Divina, que son Principios universales. (…) Es también el ‘Intelecto agente’ escolástico.» (Apéndice I, nota 1).


IX. Continuación
La Vía Masónica



NOTAS

[451] Este capítulo ha de verse como complementario al XV, titulado «Actualidad de la Tradición Hermética. En torno a la obra de Federico González».

[452]  Ed. Kier, 2001.

 

ISBN 9788492759668. Ed. Libros del Innombrable. Zaragoza 2014.